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domingo, 29 de noviembre de 2015

¿SPRECHEN SIE DEUTSCH?


Cuando uno estudia un idioma, su más ferviente deseo es poner en práctica los resultados de sus esfuerzos.
Hablar el alemán fue siempre una aspiración. Desde los primeros cursos en el Instituto Goethe en Córdoba y Buenos Aires, hasta más recientemente, un par de semestres en la Goethe de México. Apenas terminado el curso en su segundo semestre, partimos hacia Alemania.
Con gran alegría veíamos nuestros avances; leíamos carteles y menús con menor dificultad que en el pasado. Hablábamos por teléfono haciendo reservaciones o solicitando indicaciones. ¡Y hasta logramos cierto entendimiento con la dueña de una pensión!
Finalmente nos encontrábamos en la ciudad de Colonia; último día en la patria de Goethe.
Terminábamos de visitar el Rӧmisch-Germanisches Museum Kӧln; tomamos un helado en una tienda de Häagen-Dazs y caminamos hacia el Río Rhin. Desde esa orilla uno tiene una hermosa vista del puente y si se cruza el río, se ve en todo su esplendor la Catedral y la ciudad. El día se prestaba para sacar fotos. Yo practicaba el arte de múltiples tomas en el mínimo tiempo perfeccionado por los turistas japoneses. Concentrado en mi fervor de consumidor de productos Kodak, olvidé el entorno.
                               
                                 

"¿-Gute….., tank…..,tamm..dank?"
Escuché sin poder entender. Alguien en apremios me dirigía la palabra en alemán. Alcancé a bajar la cámara y rápida e instintivamente pensé en practicar mis lecciones; contesté a mi interlocutor con un claro:
"¿Sprechen Sie Deutsch?"
 La persona, un local, que me había dirigido la pregunta en alemán, quedó paralizado.
Me sorprendió la parálisis facial del pobre tipo sin comprender a qué se debía….. hasta que intervinieron otros alemanes del grupo, quienes ahora en inglés me pedían un pañuelo de papel o servilleta para su aún sorprendido amigo.
Recién entonces comprendí mi error y salí de mi propia parálisis. Ya el grupo de alemanes se alejaba a las risotadas y Mery venía en mi auxilio.


Leopoldo Rodríguez, 2001

jueves, 8 de abril de 2010

TRABAJO INSALUBRE

Impresiona por lo joven que se vé. Cerca de los sesenta apenas si se le da cincuenta de edad. Morocho de piel blanca. Ojos pardos, indefinidos. Flaco y de movimientos vacilantes. Boca y nariz mas bien grandes. Propias para una cara alargada. Flequillo. Casi siempre de traje o con camisa blanca mangas largas; arremangada en días de calor. Zapatos formales, de suela, marrones o negros.
Podría tratarse de un personaje de la narrativa británica. Le faltaría el paraguas y tal vez un sombrero. No es de los que hacen señas a la izquierda y doblan a la derecha. Es de los que no hacen seña alguna. Protesta en voz alta......en privado. Promete escribir reclamos...... que nunca envía. Escribe para que lo lean....pero luego no se anima a publicar lo que escribió. Tímido. Tal vez. Hace planes para que otros lo disuadan de llevarlos a cabo. Gran tragedia personal si los otros no lo tratan de disuadir! El tiene que salir a buscar un pretexto dentro de sí mismo. Coleccionista por carácter, pinta y ganas de hacer algo con el menor esfuerzo.
El lugar donde trabajaba era el apropiado: la Catacumba de los Tribunales. Donde se archivan los expedientes de miles de desgracias. Por sus manos pasaban todas ellas. El no las leía. Solamente las trasportaba de sus anaqueles a las manos de los leguleyos que las pedían. Su principal problema residía en la inmoralidad de tales leguleyos. Hacían cualquier cosa para aumentar - o disminuir - las tragedias. Robaban hojas, capítulos y hasta expedientes completos - si es que los había completos. Controlar que las tragedias siguiesen intactas. Pelear con los insolentes, desviados, corruptos leguleyos. Y hacerlo en ese sótano infame. Cada día era un nuevo suplicio. Expedientes roídos, cubiertos de polvo, llenos de manchas que solían ser firmas y sellos ilegibles. Sentía que día a día moría un poco. Como los expedientes comidos por las ratas y los leguleyos. Cada pelea con los leguleyos o sus mandaderos; con las tragedias cada vez más insoportables y apolilladas. Un día dijo BASTA!!! Se quedó en casa. Se sentía lleno. Sintió que tenía surmenage. Además de ser una linda palabra, era un buen pretexto para no ir a trabajar. Dió parte de enfermo....por cansancio, por surmenage. Los médicos le dieron unos días de descanso.....pero no se tragaron lo de surmenage. Estuvo así un total de diez días escurriéndole el bulto al trabajo. Lo llamaban cuando se vencía la licencia médica......y volvía a insistir con su surmenage. Estuvieron a punto de despedirlo. Haciendo tripas corazón volvió a la catacumba. Pero esta vez no aguantó ni un día. A media mañana se retiró con un intolerable dolor de cabeza. El olor en el sótano. El olor a los expedientes, a los leguleyos sudorosos. El olor a rata lo percudía todo. Se sintió perdido. Buscó consuelo en la lástima que le daba su miserable situación. De su incapacidad para librarse del sótano, de las ratas, del trabajo. Alguien le sugirió buscar alivio en un psicólogo. Le ayudaría a superar la fovia que le hacía tanto daño. Luego de muchos trámites y tiras y aflojas le autorizaron a consultar al psicólogo. Una psicóloga en realidad. Enviada por la oficina de personal de los Tribunales. Al principio desconfiaba. Como con todos los que lo veían como con una enfermedad pasajera. "Pronto se recuperará y volverá a trabajar". Como si él lo quisiera!! Pero la profesional que le tocó supo ver más lejos. Sabía cuál era el remedio para la fovia. Tenía que ver con el lugar de trabajo. Las condiciones higiénicas eran inaceptables. El se entusiasmó. Vió una luz al final del camino. Pero no era tan fácil. Todo se vino abajo cuando se habló de cambiarlo a otra sección. Volvieron los dolores de cabeza; más fuertes. Sus problemas mentales aumentaron. A dichos problemas los tenía o se había dado cuenta que los tenía desde que empezó las sesiones. Apenas si se levantaba y caminaba del dormitorio al living. Solo escuchaba música suave. Ni podía leer. No tenía capacidad para concentrarse. Comía poco y su debilidad se tornaba peligrosa. La profesional notaba la declinación. Sagaz, buscó y encontró otro camino para salvar a su cliente. El ya se había transformado en su cliente, le pagaba horas extras en cada sesión. "El trabajo insalubre durante tantos años había causado daños irreparables." Eso era! El trabajo insalubre había afectado sus funciones psíquicas. No había recuperación posible. Su salud mental perdida le impedía volver al trabajo. Estaba incapacitado de por vida. Ahora debía convencer a la junta médica para que a esta víctima del trabajo insalubre le dieran una jubilación anticipada por invalidez. Y se logró. Lo lograron! El y la psicóloga. Socios. Ambos hicieron su parte. Ambos festejaron el triunfo.
Ahora todo era cuestión de cuidarse. No salir de la casa en los primeros años. Luego, hacerlo sólo de noche. No acercarse a los tribunales, ni a los bares frecuentados por los leguleyos y sus mandaderos. Debía olvidarse la razón de su jubilación: incapacidad mental.
Pasaron esos años. Comenzó a animarse a dar la cara. Era tiempo de que fuera "mejorando". Todos lo comprenderían. Por otra parte alguno de sus compañeros se habían jubilado antes de la edad correspondiente. Y hasta habían obtenido "compensaciones" por retiro forzado. El ni siquiera eso había costado. Casi se convence que con su acción había favorecido al Estado.
Ahora estaba en la calle de nuevo. Ya no sentía miedo de que lo vieran. Ni verguenza de que lo creyeran loco. Los locos habían sido ellos. Quedarse a trabajar en esa catacumba llena de ratas y leguleyos!



Leopoldo Rodriguez, 1998

domingo, 14 de marzo de 2010

"Sin palabras"

La esquina era de mucho tránsito. Miguel caminaba a mi lado describiéndome la construcción del nuevo cruce.
- Universidad irá por arriba. De alguna manera....
Mientras seguía hablando nos acercábamos al borde de la acera.
- La de árboles que cortarán!
Comenté como de paso.
La esquina estaba taponada de autos. La obra había hecho lento el trecho. Nosotros y un agente eramos los únicos peatones en el lugar. Esperábamos el cambio de luz. El semáforo se puso en rojo y un viejo chevrolet cruzó lo mismo.
Alcancé a ver la sonrisa del agente. Tenía un "cliente". En tanto el choffer del chevrolet se daba cuenta demasiado tarde de la emboscada. El uniformado ya saltaba a la calzada con el silbato en la mano. El volante reaccionó acelerando la marcha; por pocos segundos. A los veinte metros el tránsito estaba parado.
Entonces, frente a nosotros, silenciosos testigos, ocurrió un sobreentendido de caballeros.
El auto frenó. Entre éste y el agente había apenas quince metros. El de uniforme ni se apuró. Con su sonrisa ampliada caminaba displicente.
El volante, sin inmutarse, buscó en sus bolsillos, sacó unos pesos, los arregló prolijamente y con su vista aún al frente, estiró el brazo hacia afuera del vehículo, un poco hacia atrás, hacia donde se aproximaba la ley.
En su mano, arreglados como un habano estaban los billetes. Sin que se intercambiara una sola mirada y mucho menos una palabra, el mordedor sonriente tomó el habano de billetes y retornó a esperar la próxima víctima.

Leopoldo Rodríguez, Julio 1995