jueves, 16 de septiembre de 2010

RUBIA DE OJOS AZULES

Rubia, ojos azules, flaca, despareja por donde se la vea, narigona, de elegancia en decadencia.
Sí, era lo que Genaro buscaba. Desde que había llegado la veía. Todos los días, a la misma hora caía por Starbucks. Parecía que se citaban. Desde el primer día se sonreían.
Para Genaro, era lo que buscaba; una mina solitaria. Se decidió a seguirla. De lejos, para no asustarla.
- Cuando entre a la casa, me le tiro cuando salga. Pensó mientras se arreglaba el ya deteriorado sobretodo.
La siguió a media cuadra. Pero allí, a media cuadra, la mina se paró al lado de un Chevy, bastante venido a menos. Se metió al coche. Estaba sola.
- Aquí todos tienen auto. Se dijo desalentado.
No podría seguirla. Cuando ya se volvía notó que la mina continuaba en el auto. Titubeó. Se acercó. Estaba tomando el café con sus facturas.
- Cosas de yanquis. Mascuyó regresándose.
Entonces pensó que en Starbucks nunca la había visto sentada. Llegaba, pasaba al baño, ordenaba, pagaba, recogía y se rajaba. Siempre con la sonrisa. Como él.
Gerardo vivía con la sonrisa. Como pidiendo perdon por algo.
Cuando estaba ya frente al café, se volvió para ver que el auto arrancaba despasito y se alejaba.
Genaro puteó a su suerte y se puso a pensar en alguna variante. Cómo salvar la diferencia? Qué hacer si todas las minas tienen auto?
Ya tenía casi un mes de haber llegado y todavía nada. Caminó un rato sin rumbo fijo. Genaro creía que este deambular le traía suerte. Tal vez en una de esas tropezaba con un verde de 100. Pero hasta el momento, en lugar de tropezar con verdes, tropezaba seguido con vagos durmiendo debajo de montículos de diarios que los protegían del frío.
- Las ventajas de la libre expresión. Si no fuera por lo barato y cantidad de páginas impresas, que sería de estos muertos de hambre?
Lo que al principio había sido solidaridad intelectual, ahora comenzaba a ser solidaridad fáctica. En un par de semanas se le acababa la guita. Chau hotelucho.
Buscó un banco sin inquilino. A lo lejos alcanzó a ver uno ocupado por alguien sentado. Ocupación parcial. Le daba posibilidad de compartir. En realidad él buscaba compartir para intentar practicar su rudimentario inglés. Desde el comienzo pensó que en un par de meses lo tenía en el bolsillo. Lo necesitaba para chamuyar a las minas. Pero le era difícil encontrar con quien hablar. Todos mantenían su distancia. Su rudimentario inglés le parecía todavía mas rudimentario por falta de uso. Si se hubiera ido a la Florida. Allí por lo menos tendría los cubanos con quien hablar. No en inglés, pero al menos en castilla.
Ya estaba cerca del inquilino parcial cuando se dió cuenta que la sentada era la mina. Allí estaba terminando sus facturas y dando migajas a unos pajaros.
- Qué pegada! Pensó y se apresuró a tomar asiento.
Se sentó en la punta opuesta. Para no asustarla y poderla relojear. Miró hacia la calle cercana y no vió al auto. Dónde lo habría estacionado?
Rumió una forma de iniciar la conversación. Comenzó por acercarse un poco. Apenas había intercambiado la estúpida sonrisa cuando ella habló. De los pajaritos. De lo libre que eran. Genaro atinó a sumar un movimiento afirmativo de cabeza a su ya estable sonrisa. Cuando ella paró se animó y soltó un
- How are you?
La mujer, que mientras hablaba miraba a los pajaros, dió vuelta y pareció sorprendida de que él estuviera allí.
- Hi. Hello! Alcanzó a escucharse Genaro.
Ella recuperó su sonrisa y volvió a su tarea. Hablaba sobre cada uno de ellos. Con nombres.
Genaro continuó arrastrando su posadera; cada vez más cerca.
Cuando de pronto ella cambió el tema. Ahora hablaba de lo caro que estaba todo.
Genaro, que entendía sólo parcialmente, esperó un hueco en la cháchara de la Rubia para introducirse con alguna frase largamente practicada. Pero la Rubia dale que dale. Siempre atenta a los pajaritos; sus estúpidos saltitos, picoteos y aleteos.
Finalmente hubo un segundo de silencio, la Rubia estaba por cambiar de tema.
Genaro aprovecho y le salió un
- Where do you live?
La Rubia se paró como un resorte. Como picada por una víbora. Desde su desgarbada altura lo miró con terror un instante y con profundo odio después. Sin decir una palabra, la pobre mujer caminó apresuradamente hacia una calle lateral.
Genaro, sorprendido por semejante reacción, no se movió. Recién cuando la desteñida figura se perdía en la esquina, se levantó y la siguió corriendo. Corría por primera vez en meses. Al llegar a la esquina alcanzó a verla. Estaba a no más de veinte pasos, se subía al destartalado Chevy.
Genaro, sin pensarlo, se acercó al auto. A través de los vidrios sucios pudo verla moviendo cosas. El interior estaba lleno cajas, bultos, una muñeca. Hasta un reloj de pared!
La mujer lo tendría que haber visto; Genaro estaba con la cara pegada al vidrio!
Pero ella se comportaba como si nadie estuviera allí. Sumida en su permanente soledad. Acomodó unas cajas, recostó el asiento. Luego, con delicadeza, extendió una colcha y se tendió en ella, tomó otra para taparse y cerró los ojos.
 

domingo, 18 de julio de 2010

EL PRIMER BESO

Ya llevaban varios meses de mirarse de reojo. El parecía decidido a entrar en la familia de ella. Había fracasado en sus intentos de seducción de la hija mayor. Sus poses, galanteos y presentes no habían tenido éxito. Ahora ésta lo observaba sorprendida cómo había cambiado el blanco de sus deseos.
Con la menor tuvo mejor respuesta desde el principio. Se encontraban furtivamente, sólo para mirarse furtivamente. Pero por fin, se dijo él, había llegado el momento. Luego de semanas de visitas a “la familia” con cada vez más evidente intensión de cambio de objetivo; después de tantos roces jugando a la mancha en las noches tempranas de primavera; de las manos que se demoraban en el saludo; había llegado el verano caliente y un viaje al campo; un viaje al campo para festejar un cumpleaños. No podía darse una ocasión más propicia.
A poco de llegar, comenzaron los juegos. Eran juegos de niños que jugaban para hacer cosas de adultos.
Pasó el momento del juego de la mancha; a alguien se le ocurrió el juego de las estatuas. Lo jugaron. Entonces, él, antes que nadie pudiese decir algo, propuso jugar a las escondidas. Dió un nombre para que iniciara la cuenta.
Tenía todo pensado; le sonrió haciéndola cómplice y se fueron escurriendo juntos hacia un escondite más allá de toda mirada.
Se acurrucaron tras unas matas. Estaban de rodillas, en cuatro patas, frente a frente. Se sonrieron. Se escuchaban la respiración nerviosa. Estaban anciosos. Ella a la espera. El, superando su tremenda timidez y haciendo un supremo esfuerzo por seguir el plan que se había trazado, acercó su cara a la de ella. Los labios deseosos de unirse temblaban de emoción y se aprestaron a comulgar. Fué entonces que sin poder reprimirlo, al gordo le salió un eructo…

Leopoldo Rodríguez, 31 Julio 2003

domingo, 11 de julio de 2010

"Mi cuento favorito, según los escritores argentinos"

De la lectura de "Mi cuento favorito, según los escritores argentinos", edición de guillermo Saavedra, Editorial Alfaguara
Si bien el título y los participantes nos dejan a la espera de una muy buena selección de cuentos, la verdad es que en el caso de este volúmen encontramos una colección de relatos tan dispares en calidad como en la traducción o en su propia caracterización como formando parte del género cuento.

domingo, 6 de junio de 2010

JUANCITO

-"Contame cómo comenzó todo."
Dijo el Concerje.
Juancito bajó la cabeza. Su gorro de papel hacía juego con sus zapatillas champion blancas. Un cordón lo estrangulaba en su cintura sosteniendo unos pantalones ajustados que parecían a punto de rasgarse. La camisa dejaba ver un pecho lampiño y brazos flácidos.
Antes de contestar esbozó una sonrisa. Como recordando algún momento feliz; pero no contestó enseguida.
Yo no tenía porqué estar allí. Ni el Concerje tenía razón para estarlo interrogando. Su función era la de constatar que los documentos del preso que entraba correspondiesen con la persona que ingresaba a la cárcel. Y a Juancito lo habían agarrado en el Cine Mundial, molestando al chico que estaba al lado.
-"Contá cómo empezó todo."
Reiteró el Concerje.
Sin dejar la sonrisa; sardónica? Nostálgica? Juancito levantó la vista y nos contó.
-"Vivimos en los ranchos sobre la Cañada. No lejos de aquí. Con mi Mamá y dos hermanitas. Hace unos años Mamá me mandó al almacén. Yo iba por el borde de la Cañada, por debajo del puente de la Justo.
Cuando llegué al puente ví a un grupo de linyeras que estaban tomando mate. Un par de ellos se me cruzaron. Yo no les tenía miedo; los conocía porque a veces iban al rancho a pedir fósforos o yerba. El más viejo me tomó de los hombros y me miró fijo. Luego me acarició la cara. Jugó con mi pelo y me dió un beso en la mejilla. Nadie nunca había sido tan cariñoso conmigo. Ni mi Mamá. En realidad sólo recibía golpes y patadas. Cuando volví del almacen, todavía estaba el linyera viejo. Los otros se habían ido. Se encontraba tirado panza arriba en su camastro de trapos y papeles. Sonreía y me llamó. Me acerqué y me tomó de la mano, del brazo, de los hombros y me recostó junto a él. Me acariciaba. Me dijo cosas lindas y me hizo de todo.
Después, aunque mi Mamá no me mandara al almacén, yo siempre pasaba por debajo del puente."

L Rodriguez, Julio 2007

sábado, 8 de mayo de 2010

EL PUMA

Mi viejo nos daba poca bola. Pero de vez en cuando le gustaba sacarnos al campo. En una de esas salidas nos llevó a las Sierras Grandes. Era un poco más allá del común de las excursiones. Si mal no recuerdo, fue la única vez que la vieja no nos acompañó. Vaya a saber qué enjuague había que no quiso venir pero insistió que nosotrso fueramos.
El viejo quería comprar un campo y el viaje era de inspección de uno que le ofrecían. Al principio no entendí porqué llevabamos con nosotros a un rubiecito, rengo y petizón, a quien no se le quitaba la sonrisa de los labios.
Luego de dejar el dulce de leche y comenzar la ruta de tierra, la cosa se puso cada vez más empinada. Cruzábamos arroyos secos, rebotando en piedras bolas cada vez más grandes, para finalmente transitar por senderos impasables. Así llegamos a una pequeña meseta; de allí se podía ver lo lejos que aún quedaban los cerros a donde se suponía estaba el campo a inspeccionar.
Nos paramos y entonces me enteré que esperábamos a un guía con caballos; en realidad con un caballo para mi viejo. Nosotros no seguíamos. Nos quedaríamos a esperarlo junto al auto y en compañía del rengo.
Cuando a la distancia vimos acercarse al paisano, mi viejo nos llamó y nos comenzó a advertir sobre los peligros que nos acechaban si nos alejábamos del auto; que cuidado con las víboras y sobre todo los pumas; que hacerle caso al rengo; etc. Y allí nomás sacó de la guantera del auto el revólver, con cinto y cartuchera y se lo entregó al rengo. Este, que ni se lo esperaba, dió un respingo y puso los ojos como huevos fritos. Sostenía el arma como a un bebé de pecho. El viejo, un poco sorprendido, le preguntó si sabía usarla. El machismo del rubiecito pudo más que el susto y asintió con la cabeza.
El guía, que era un viejo paisano más arrugado que acordeón de segunda mano, viendo un trazo de duda en la cara del padre, se apresuró a aclarar que el viaje era corto; apenas dos horas y estaban de vuelta.
A poco salieron en sus matungos serranos; y nosotros nos quedamos quietos, viendolos alejarse hasta perderse de vista.
Los primeros minutos fueron de estudio; con mi hermano veiamos hasta dónde podíamos alejarnos y hasta qué boludez nos permitiría hacer el rengo sin perder la sonrisa.
Pasada la primera media hora el rubiecito comenzó una perorata sobre los posibles peligros que encuentra uno en la sierra. “Sobre todo en la Sierra Grande, uno de los mayores desiertos de piedra del mundo”. Parafraseaba lo que el viejo había dicho queríendo ocupar la figura paterna ausente.
Pronto agotó sus escasas cualidades oratorias y viendo la poco impresión que nos había causado su discurso, resolvió lucir en su cintura el arma que le habían provisto, símbolo cierto de autoridad. Se ajustó el cinto con cartuchera y revólver para gran sorpresa nuestra que de pronto contábamos con un inesperado guardian/cancerbero. “Hay que estar preparado. Por algo me lo dejó el escribano”.
Recuerdo nebulosamente que esto me pareció una pantomina como las que hacíamos en la escuela.
El próximo paso escénico del rengo fue pasearse como milico con la mano haciendo de vicera para otear el horizonte. De vez en cuando se agachaba y ponía la rodilla en tierra, señalando a la distancia y pidiéndonos que hiciéramos silencio. Luego, con gran seriedad se paraba y nos daba a entender que había sido una falsa alarma. Pasada la primera hora, la actitud del rubiecito, el silencio de ese desierto de piedra, un sol que no dejaba moverse ni a los bichos y nuestra imaginación trabajando a toda marcha, nos hizo sentir que estabamos en un fortín rodeado de peligros.
O al menos acompañábamos el juego del rengo.
Pasadas las dos horas que el paisano había pronosticado, el jueguito de los peligros en acecho se tornó más realista, más inminente. Los ojos se le salían de la órbita al rubiecito y ya ponía una mano sobre la culata del revólver como listo para repeler el esperado ataque. La psicosis del cerco ya nos había llevado a elegir un lugar más seguro; alejado del auto.
El rengo predicaba ahora sobre las consecuencias que tendría si el escribano no regresaba. “Tal vez el gaucho lo haya perdido en el pedregal. Tal vez ahora nos toque a nosotros. Vendrá por el arma y el auto”.
El ambiente estaba tenso como violín en concierto y pasaban las horas y empezaba a picarnos el hambre.
El rubiecito introdujo entonces una nueva rutina. Además de los peligros que nos acechaban, era necesario cazar algo para alimentarse antes que llegara la noche. Las cosas parecían precipitarse, o el rengo, avanzando en el papel de héroe guardían que había asumido, buscaba llevarlas a un clímax.
Fue entonces, que por primera vez, ante la imaginada aproximación de un puma, sacó el revólver de su cartuchera y apuntó hacia unas rocas cercanas; y se escuchó el disparo y el chiflido del rebote en la pared rocosa.
El más asustado del trio defensivo era el rubiecito; el arma se le había disparado; la detonación lo sorprendió y lo aterrorizó.
Perdió su porte heroico y volvió a ser el taxista de siempre; con una sonrisa de pánico y balbuceando justificaciones.
-“El puma… tienen que haberlo visto. Sí, lo vieron; allí tras la roca.”
A toda costa nos exigía haber visto al puma..
En eso, a galope tendido, llegaron el viejo y el paisano…




Leopoldo Rodriguez, Marzo 2004

miércoles, 5 de mayo de 2010

PRENDIDA DE LA PIPA

Tuvo casa, marido y algunos animales. Tres hijos y dos hijas. Dió ayuda a su madre y a su suegra. Leía y llevaba sus cuentas. Segura de si misma en su humildad. Hasta que le quitaron la tierra y con ello el techo y con ello su mundo. Fue a la muerte de su hombre. Se dispersaron los hijos. Sólo quedó a su lado la menor. La tontita que tanto le costó criar.
Pretendió pelear. Vivir en el rancho abandonado en tierra fiscal. A poco también la hecharon del lugar. Se fue a una enrramada lejos del pueblo. Juntó leña, frutos de algarroba y lo cambió por comida. Con buenas y malas mañas pasó varios inviernos. El buen trato que les daba a las gallinas que se le acercaban le permitió ir juntando algunas. Con el paso del tiempo comenzó a vender lo que las gallinas, el algarrobo y el monte producian. Con los primeros pesos que tuvo en años se compró unos vinitos. Para recordar a su hombre. Con él lo hacían. Como él, empezó a acercarse a lo del tano. Vendió la algarroba un día, leña el otro. A veces, además del pago recibió una damajuana. Comenzó a ir a lo del tano más seguido. Además de leña y algarroba les llevaba huevos y algún pollo. No siempre le daban la yapa. Y ella comenzó a esperarla. Se dió cuenta que cuando estaba el viejo era seguro le tocaba algo. Pero cuando salian las hijas, sabía que no le darían nada. Le buscó la vuelta. El gringo no siempre iba a misa. Las mujeres sí. Los domingos eran día de no faltar. Comenzó a llegarse los domingos a la mañanita. Muchos pasaban hacia la plaza y ella hacia la bodega. Logró estabilizar la oferta y la demanda. Su damajuanita semanal con algunos agregados de suerte en el medio. Así logro permanecer dias enteros perdida en la borrachera. "Mientras las bordalezas den leche", solía decirse en voz alta. Le gustaba ver cuando le llenaban la gordita. Esos domingos tan redondos. El tano o el maestranza ponían la damajuana debajo de la pipa. Abrian y salía el tintillo que alegremente iba subiendo hasta rebozar. Se le hacía agua la boca de ver ese maná; era todo para ella.
Entonces pasó la desgracia. El gringo se enfermó serio. A poco el domingo dejó de ser día de feria. Las hijas se turnaban para quedarse al lado del tano. Pasaron un par de semanas y su desesperación la hizo tomar lo que encontraba. Del tintillo tan nutritivo, al vino-vinagre más barato; al alcohol; a lo que venía. A poco ya no le quedaron gallinas, ni fuerzas para cortar y acarrear leña, ni recoger frutos. La tontita comenzó a dejarla sola e irse a buscar frutos del monte o a que algún carrero aprovechado le diese un poco de pan.
Un día patrio en que escuchaba las bombas de estruendo que tiraban en la plaza, alcanzó a pararse y le exigió a la hija la llevase al pueblo, a la bodega. Golpeó el portón hasta que le abrieron. Era una de las gringitas. La miró con su mirada perdida que ahora siempre la acompañaba. "Mirada de borracha", le decían. Con humildad que no le era propia, alcanzó a pedir su ración con voz plañidera. Tuvo fuerzas hasta para intentar entregar el envase. La hija del tano le gritó,
- "Vaya a trabajar, borracha".
Ella le alcanzó a decir,
-"Claro, Ud. dice eso porque se puede prender de la pipa sin que nadie la vea, borracha Usted."
La tanita, sintiendose insultada, le cerró con fuerza el portón. La tontita se asustó y salió corriendo. Se quedó sola, vacía, como olla de pobre. Se sentó en el cordón, al lado de la entrada, como esperando un milagro... y el milagro ocurrió. El portón se entreabrió. Ella se animó de a poco. Como no creyendo que podía ser. Se inclinó y pispeó hacia el interior de su paraíso. Vió el camino de piedras que la llevaría hasta el galpón. No había
nadie. Se paró vacilante. Con miedo pero decidida empujó el portón, entró y lo cerró detrás de ella. Comenzó a caminar hacia el templo. Allí estaba su salvación. Cuando llegó se paró como en trance. Vió primero una, la que siempre usaba el tano para llenarle la damajuana en aquellos días felices. Luego vió las otras. Le parecieron una fila interminable de altares donde podía postrarse.
Hizo lo que soñó tantas veces. Lo que envidió que otros podrían hacer. "Tanita, me dejaste la puerta abierta, ahora es mi turno". Se arrodilló, abrió la boca debajo de la pipa y dejó correr el tintillo.
La encontraron al día siguiente, estaba tirada, casi a la mitad de la fila de bordalezas. No pudo terminar de ordeñarlas.


Leopoldo Rodriguez (Marzo 1997)

domingo, 18 de abril de 2010

"RINCON"

Casi por casualidad o por que no nos gustó la playa programada, la cosa es que caímos a este Rincón de la Isla de Puerto Rico.
Nos quedamos en el hotel recomendado y como de costumbre nuestra primera actividad fue visitar la playa. El Hotel daba frente al mar y tenía una gran palapa de reuniones con mesas y sillas estratégicamente colocadas.
Luego de una corta caminata nos sentamos a tomar sol y disfrutar del sol caribeño. Apenas alcanzamos a ver pasar algunos pelícanos cuando se nos acercó alguien que era evidente ya tenía varios días de sol. Después nos enteraríamos que más que días, tenía varias semanas en la isla.
Era un hombre que ya hacía mucho ejercía su tercera edad. Luego de presentarse comenzó a darnos sus impresiones sobre el hotel, sus facilidades, la playa, los restaurantes, etc. Así nos enteramos que esa tarde a la hora del té tendría lugar el “open house” de los Jueves. El último de la temporada.
Allí estuvimos luego de darnos tiempo para desempacar. Y allí volvimos a encontrar a nuestro primer interlocutor. Tan pronto nos vió nos saludó y nos presentó al grupo que lo acompañaba. A poco nos contaron que en realidad eran parte de un grupo mayor que ocupaba una tercera parte del hotel. Que desde hacía años pasaban el invierno en Rincón. Que casi todos ellos provenían de New Jersey o New York. Tuve entonces la oportunidad de tomarnos una foto con alguno de ellos.

Esa noche invitamos al bar de un hotel vecino a la pareja formada por nuestro nuevo amigo y su esposa. Conversamos sobre Rincón, Puerto Rico, y las vacaciones. Cuando cambiamos el tema y comenzamos a hablar de nuestras respectivas ciudades, la señora recordó la necesidad de regresar a su habitación para hacer una llamada telefónica.
Al día siguiente, luego del desayuno, fuimos nuevamente a la playa y como me imaginé allí estaba mi locuaz amigo. Esta vez solo, sin mujer ni grupo.
De inmediato, sin casi darme lugar a saludarlo, siguió la conversación del día anterior. Me contó sobre su casa, sus vacaciones, sus hijos y el considerable grupo que formaban con sus amistades y parientes cercanos.
Por mi parte le relaté que en los Estados Unidos solamente contabamos con una pequeña parte de la familia. Que teníamos algunos amigos, entre ellos algunos de muy antigua data, con quienes nos habíamos reencontrado por casualidad. Allí, mi amigo tomó la palabra para contarme el siguiente episodio:

-“A fines de la II Guerra Mundial yo formaba parte de un grupo comando de avanzada que se dedicaba a obtener información sobre archivos y refugios de nazis. Nos encontrabamos cerca de Viena, detras de las líneas alemanas ya totalmente desorganizadas. Fue entonces que nos dimos con un grupo similar del ejército Soviético. De inmediato intercambiamos la información que podíamos y luego festejamos el encuentro con whisky y vodka. A poco me encontré conversando con un jóven moscovita de nombre Anton Vasiliev. Tomé un par de fotos pensando que podrían ser de utilidad a inteligencia.
Luego de un par de días de camaradería y de borrachera, cada uno siguió con su tarea.
Después de la guerra ingresé al servicio de inteligencia y poco antes de mi retiro, cuando ya no tenía misiones que cumplir, sino escritorios que llenar, me pidieron que asista a un congreso internacional de Filología y Linguística en el vecino Canadá.
Mi tarea se concentraría en vigilar a la delegación de la Unión Soviética, buscar de iniciar contactos amistosos, etc. En una palabra, buscar algun potencial desertor.
La delegación soviética, como toda delegación soviética, tenía su “comisario político”. Este señor, a quien por primera vez ví a la distancia, era miembro de la delegación de la Unión Soviética ante las Naciones Unidas.
Luego de fracasar en mis primeras aproximaciones amistosas, intenté seducir a una jóven bibliotecaria del Kremlin. Cuando con todo entusiasmo trataba de convencerla para que me acompañara a cenar, apareció de pronto el hombre de levita, el comisario político.
Me preparaba a contestar la segura demanda de que no siguiera molestando a los miembros de la delegación, cuando con gran sorpresa ví una sonrisa en una cara conocida y que el comisario me abrazaba y me llamaba por mi nombre de pila.
Era Anton, el moscovita del 45. Ya sacaba de su bolsillo una foto arrugada y comenzaba a contarme apresuradamente su infructuosa búsqueda; su alegría de por fin haberme encontrado; su necesidad urgente de hablar conmigo.
Anton Vasiliev había recibido la foto que le enviara allá por comienzos de la década del 50. Había contestado a mi carta y nunca recibido respuesta. Como intérprete y traductor pudo conseguir un puesto en delegaciones que viajaban al extranjero y hacía poco un lugar en la delegación ante Naciones Unidas. Desde que llegó trató en vano de dar conmigo. Y ahora me encontraba de pura casualidad.
Luego de asegurarme con Langley que era de “pura casualidad” y solicitar el visto bueno, le ofrecí toda mi colaboración para desertar.
Hoy, Anton Vasiliev es un muy respetado traductor independiente a quien veo tantas veces como puedo.”

Luego de semejante historia me quedé mudo mirándo a mi nuevo y locuaz amigo. Considerando de que debía decir algo le pregunté si durante su trabajo había tenido que vivir en Langley.

-"Todos los que vé aquí hemos en algún momento vivido en el área de Washington. Es un grupo del que no nos separamos desde hace años".

Cuando comenzaba a relatar una nueva historia en que se vinculaba al Centro Simon Wiesenthal, apareció de la nada su señora que le pidió lo acompañara a la habitación.
Perplejo ante tantas confidencias y preocupado por la abrupta aparición de su compañera, me dirigí a la palapa, ocupé una mesa y me distraje haciendo unos bosquejos.
Luego del almuerzo, de nuevo en la playa, apareció un miembro del grupo quien refiriéndose a lo conversado con mi amigo, comenzó a preguntarme sobre mis dibujos y pinturas. El había traído algunos de su propia cosecha y me pedía ver los mios. Lo ví tan entusiasmado que fui a la habitación y los traje. Luego de intercambiar impresiones e ideas sobre lo mis bosquejos, insistió en ver mis pinturas. Como lo noté decepcionado por no poder mostrarle ninguna, le ofrecí verlas en la hoja que tengo en internet.

-"Es parte de la hoja de familia por lo que sólo tengo algunas".

Me agradeció vivamente y me invitó a ir a las oficinas del hotel, adonde él tenía acceso a una computadora con conexión a internet.
Me dirigió a una pequeña oficina, en los fondos de la recepción.
Sacó su llavero y abrió la puerta.
Esta circunstancia y el recuerdo de que ésta era la persona que daba la impresión de liderar el grupo, me puso nervioso. Molesto.
Tan pronto entramos en la página de la familia, noté que su interés pasaba de la pintura a mis antepasados. De allí a mis viajes y a mi profesión. Como todo aparecía en la hoja, con fotos y fechas, poco a poco el interrogatorio perdió sustancia y sin casi ver las pinturas el “comisario político” del grupo perdió interés y se despidió sin disimulo.

Leopoldo Rodríguez, Diciembre 2004