lunes, 8 de marzo de 2010

LA TIA ADELITA

La veía llegar en su traje sastre claro. Sus largas trenzas recogidas en un rodete. Sus zapatos negros de tacones gruesos. Una carpeta que revalsaba de papeles y su cartera con mucho uso en su brazo izquierdo. En el derecho, un paquete. El paquete! En él venían juguetes, revistas, libros; un tesoro de regalos.

Mi grito era compartido por mi hermano y mis amigos.



El Pato Donald, Patoruzito y Billiken para los más chicos; El Gráfico y El Hogar para los grandes. El Mono Relojero, Cenicienta, Pinochio, libros para pintar… y las pinturas. Qué pinturas! Lápices de colores Faver. Comprados en la juguetería Kaussel. Que yo gastaría antes del próximo viaje. Y juguetes. Autitos Dinky Toy; juegos de Meccano; grandes camiones de madera, con carteles en italiano que denunciaban su procedencia.

Y esto sucedía cada mes. Durante años. Mientras nos alojabamos en su casa. En Cruz del Eje Sur. Cerca de la Estación, en la calle Leandro Alem. En el viejo barrio que alguna vez se llamó Turella.

EL CARNICERO

Así le llamaban al penado que hacía de cocinero. Carnicero porque en realidad habia sido dueño de una carnicería; pero un día asesinó al inspector municipal que lo coimeaba y para discimular su condición, lo cortó en pedazos con una gillette.
Supe del Carnicero por sus locros; eran famosos en la Cárcel de Encausados de Córdoba.

En realidad a mi no me correspondía el almuerzo ya que mi turno como asistente del Conserje terminaba a las 12:30.
Pero el olorcito era tan bueno que al fin, mi jefe, haciendo caso a mis suspiros, me ofreció un plato de locro.
Y la verdad es que la fama era merecida; tenía un gustito tan especial.
A partir de ese día me quedaba una hora extra nada más que para comer mi plato de locro. Hasta molestaba a mi madre diciéndole que sus locros no tenían el sabor del que me daban en la cárcel.
Finalmente, un día cualquiera el Conserje me invitó a conocer la cocina y al cocinero del manjar criollo.
Antes de mediodía, hora en que sabíamos el cocinero estaría en plena tarea, nos dirijimos hacia su imperio.
Apenas entramos en su reducto lo ví; era un gordo enorme que se encontraba al lado de una paila que le competía en tamaño.
Era la paila con el locro!
Nos acercamos y entonces el Conserje me sorprendió preguntándome:
- Que le ves de raro al Carnicero?
La verdad que no tenía nada de especial de no ser la cara de bruto paleolítico.
- Fijate en los brazos.
Insistió el Conserje.
Al hacerlo me dí cuenta que el Carnicero tenía la parte del antebrazo totalmente pelada; pero sus brazos eran peludos. Además, la parte pelada era de un subido tono rosado.
Se lo dije al Conserje; y me aclaró:
- El pobre se quedó sin pala para remover el locro!

domingo, 7 de marzo de 2010

UNA PECULIAR MANERA DE CAMINAR



Nos encontrábamos en la esquina de Rioja y General Paz. Debíamos permanecer a cierta distancia de la entrada. Generalmente estábamos en la vereda; frente a la fachada lateral del Colegio Dean Funes. Eramos los del nocturno. Los de la tarde ya se habian ido. Recién entonces llegaban los que trabajaban durante el día y estudiaban a la noche. Conjunto heterogéneo de edades, vestimentas y figuras. Los más jóvenes no teníamos los veinte; los más viejos pasaban los 30. Algunos eran muy pobres; como al que llamábamos "Perpetua" porque siempre traía puesto lo mismo; que era lo único que tenía. Otros eran nenes bien expulsados de otras escuelas y aceptados en el nocturno como última oportunidad. Normalmente los momentos previos al ingreso a clase podían extenderse de unos pocos minutos a un par de horas. Normalmente se desarrollaba alguna pelea que generalmente terminaba con la primera sangre. Pero había ocasiones en que la cosa se complicaba. Era cuando había algún intercambio con los canillitas del Córdoba. Cuando el diario de la tarde se hacía esperar en su reparto coincidían los dos grupos. Entonces era inevitable. De los intercambios de saludos al insulto, de allí al más arriesgado que cruzaba la Gral Paz y finalmente la batahola. Terminaba cuando de alguna de las instituciones llamaban a la tarea. O el celador a entrar a clase o el jefe de reparto a recoger los periódicos. Por milagro siempre hubo heridos pero ninguna fatalidad. Sabíamos que entre los nuestros había varios cuchilleros; al flaco Rodríguez un par de uniformados lo habian sacado de la clase y al buscar en su pupitre encontraron un "elemento cortante". Prueba de su participación en una seria ofensa a la Autoridad. Pero el lío en serio se armaba los viernes a la tarde. Cuando en la esquina coincidían los del nocturno, los canillitas y los cadetitos del Liceo, que con su uniforme reluciente se animaban a pasar por el lugar. Viendo en retrospectiva los considero verdaderos héroes. Ese día, si se armaba, la cosa duraba más. Era la oportunidad en que las masas se unían. Estudiantes-trabajadores nocturnos más canillitas contra los uniformados. Algunos hasta con sablecitos. Pero el milagro se repetía, había heridos y seriamente vapuleados pero nunca se llegaba a la punzada fatal. Fue en una de esas esperas, de que la cosa engordara hasta reventar, que lo ví llegar. Era más bien alto, al menos así me impresionó entonces; flaco y desgarbado. Se paró al lado del cartel que anunciaba no sé qué cigarrillos y se puso a mirar la fachada del Cole. Como lo ví como dudando y por curiosidad de aburrido, me crucé y me le acerqué. Me sonrió y antes que le ofrezca ayuda me preguntó si eramos los del nocturno. Empezamos una charla en que me contó de que él había estudiado en el Dean Funes. Hacía ya unos diez años. Me preguntó si todavía estaban las palmeras.
-Los baños, mejoraron?
Le dije que si podía esperar unos minutos entrábamos y los visitaba. No me contestó y siguió preguntándome sobre profesores, celadores, el portero. No se le quitaba la sonrisa soñadora. De pronto me dió la mano, una palmada en la cabeza y comenzó a caminar hacia Colón. Me llamó la atención su forma de hacerlo. Un poco encorbado y como desprolijo. Me quedé un rato mirándolo. Cuando abrieron las puertas me fui derecho al portero y le conté del encuntro. No lo ubicó al personaje. Tampoco el celador que consideré más antiguo. A todos les describía la forma de caminar del tipo. Yo consideraba que era lo distintivo. Pero nadie lo recordó.
Muchas tardes después, más los años pasados en la Facu y ya estoy en Buenos Aires. Como buen provinciano había ido a probar suerte en la Capi. Apenas despuntaba la década del sesenta. No recuerdo bien el año. Caminaba por una de las tantas calles parecidas a todas. Hacía frío. Iba distraído pensando en el poema de Cortázar y entretenido en eludir las baldosas sueltas de toda vereda que se precie de tal. De pronto, como aparecidos de la nada, me encontré de frente con un grupo de tres o cuatro grandotes con sobretodos. Alguno hasta tenía sombrero. Conversaban animadamente. Ocupaban toda la vereda. Me obligaron a tirarme a la calle. Con un poco de bronca les dí una ojeada al pasar. Ya estaban de espaldas. Uno de ellos se distinguía en el grupo... por su manera de caminar. Y entonces me vino a la memoria el tipo aquel. Me costó en un primer momento determinar cuándo había visto esa forma tan peculiar de moverse y esa figura que bamboleaba un poco la cabeza en su marcha desgarbada. Pero sí, podía ser el ex-alumno del Cole. El preguntón que me había llamado la atención y que todavía tenía en la memoria. Me paré y los miré cruzar la esquina y seguir por la misma vereda. Me quedé pensando en que todo era una boludés. Cuántos tipos caminarían igual; como pisando huevos.
Después de unos años aguantando la cargada de los porteños (cooomo te vaaaaa... cordobés) logré devolverles las atenciones. Me eligieron en lugar de un porteño para enviarme becado a Francia. Era a comienzos del 67. Ya casado y acompañado de mi esposa, Mery, nos alojábamos en un hotel de una estrella, el Hotel des Academies, en la rue de la Grand Chaumier, a pasos de la esquina de Raspail y Montparnasse. Hacía pocos días que habíamos llegado y Mery salió a buscar algo para comer. Como tardaba, bajé y crucé Montparnasse en diagonal. Estaba por tomar la calle donde estaba el boliche, cuando algo me llamó la atención. Noté que desde una mesa del bar de la esquina, a unos pocos metros de donde me encontraba, una persona me sonreía. Me acerqué pensando que podía ser alguien del hotel.
- Que está haciendo este cordobés en París?
Me quedé frío. No era del hotel, ni la gente de la Casa Argentina que habíamos conocido en esos días.
- Parece que vamos por el mismo camino. Te ví en el Dean Funes; después en Buenos Aires y ahora en Montparnasse.
Recién entonces me acordé del flaco desgarbado. Lo saludé con una amplia sonrisa y le conté que en Buenos Aires había sospechado que era él, pero que solamente lo había visto de espaldas. Como la otra vez, me bombardeó a preguntas sobre lo que estaba haciendo, sobre Córdoba, Buenos Aires, la Argentina. Me dió a entender que desde aquella vez no había vuelto a la Capi. El preguntaba y yo le contaba. Con su permanente sonrisa y buenos modales me parecía requetesimpático. De pronto me acordé de mi mujer, se lo dije y me despedí... hasta que nos volvamos a ver! Cuando regresábamos caminando hacia el hotel, lo busqué en la mesa pero ya no estaba. Sin embargo alcancé a ver su figura. Se encontraba frente a Balzac. Miraba al bronce mientras se tapaba la boca. Subimos a nuestra habitación.
En Septiembre de ese año los franceses del Instituto Geográfico, donde estaba becado, nos enviaron a Praga, a trabajar durante un par de semanas en el Observatorio Pecny. Los checos nos atendieron de maravillas poniendo a un funcionario de relaciones públicas a nuestro servicio. El hotel era confortable, teníamos trasporte diario hasta Pecny, quedabamos libres a partir de las 3 o 4 de la tarde, de allí en adelante al tiempo lo podíamos utilizar a nuestro gusto. Una día, ya obscureciendo, caminábamos sin rumbo por el centro de la ciudad cuando con gran sorpresa vimos un cartel en castellano: "Casa de Cuba". De lo más profundo nos surgió la necesidad de hablar con alguien en nuestro idioma. Ingresamos a la casa y nos encontramos en una sala preparada como una librería. Al frente había un mostrador y detrás de él una señorita evidentemente cubana.
- Ya cerramos!
- A las cinco de la tarde?
- Estamos de duelo!
Mientras Mery le preguntaba el motivo del duelo yo levanté la vista hacia un retrato situado en la pared posterior. Allí estaba. Con su leve sonrisa soñadora. Con el mismo traje, desgarbado, desprolijo. Un crespón negro lo despedía para siempre. Ya no nos volveríamos a encontrar. Era el 10 de Octubre de 1967.

Leopoldo Rodríguez, Junio 1997