viernes, 11 de mayo de 2018

TERCER VOLUMEN DE LA SERIE RELATOS CASI BIOGRAFICOS

RELATOS CASI BIOGRAFICOS
VOLUMEN 3

El nuevo volumen de Relatos Casi Biograficos Volumen 3 se encuentra en Amazon.com.








jueves, 18 de enero de 2018

EL BULTO



La carretera de montaña se desenredaba en medio de un espeso bosque tropical. Cuesta abajo en curvas que no dejaban ver lo que se venía.  La velocidad de la camioneta era más producto de la inercia que del acelerador. Dejando a pocos centímetros una salida rocosa, nos encontramos de pronto con un bulto que cubría el costado derecho de la estrecha cinta de asfalto. La rápida maniobra me puso la cara contra el vidrio de la ventana, y en esos escasos segundos pude ver que el bulto era un cuerpo; estaba vestido de traje oscuro, tenía calcetines y cerca se encontraban un sobrero y los zapatos. Luque, que iba al volante, lanzó un grito de bronca contra el “borracho ese”.
No dije nada; pero la ropa y la posición del cuerpo indicaban otra cosa. Seguimos a toda velocidad bajando entre sombras de árboles y lianas que formaban una pared verde al costado del camino. Cuando parecía que ya no podía ser más espesa, se abrió para dejar ver la ciudad que se estiraba en la meseta próxima.
Comenté el episodio y la respuesta fue siempre la misma: era lunes y es el día en que más abundan los borrachos. ¡Son una peste!
A la mañana siguiente, durante el recorriendo de las oficinas públicas tras perdidos expedientes de eterna gestión, uno de los pocos momentos rescatables es el de tomar un café. No sé si en el tercero o cuarto me encontré en una repartición de las tantas visitadas leyendo un periódico local. Con o sin intención encontré lo que buscaba. En una de las páginas interiores aparecía una breve noticia necrológica de un hombre que “habría sufrido un accidente” en la misma carretera recorrida el día anterior. No se daba filiación alguna del muerto.
Tal vez, si nos hubiéramos detenido...
Años después, revisando la correspondencia, encontré un documento de la OEA. Me extrañó por no ser común que recibiera este tipo de material. Sin embargo, enseguida comprendí por qué se me había enviado; se trataba de un informe de la Comisión de Derechos Humanos (CDH) sobre los desaparecidos en Argentina.
Allí se publicaba una lista de las denuncias efectuadas por diferentes organizaciones de derechos humanos, políticas y sindicales durante una visita a Buenos Aires de una delegación de la CDH.
Cada denuncia era acompañada por una fecha, nombres y circunstancias de la desaparición. La casi totalidad de las desapariciones habían ocurrido entre el 76 y el 78. Sin embargo había algunas de años anteriores. Se destacaba una del 72. Me detuve en ella. Se denunciaba la desaparición de un dirigente político sindical de una provincia del interior, miembro de la juventud peronista y vinculado al sindicato azucarero.
La desaparición había ocurrido en un viaje entre Tucumán y Salta.
Esa era la carretera de las “curvas que no dejaban ver lo que se venía”. El bulto tirado que “cubría el costado derecho de la estrecha cinta de asfalto”. El informe daba otros detalles: que estaba vestido (al iniciar el viaje) de “traje oscuro y sombrero de fieltro”.
La lectura me llevó ocho años atrás; al país que había dejado; a la imagen de aquel cuerpo inmóvil que Luque había tomado por un borracho. Recordé la necrológica del periódico local que no daba datos sobre el “hombre que habría sufrido un accidente”.
Pensé en coincidencias o quise justificar mi inacción viendo coincidencia donde no la había.
Pasaron varios años hasta que, en una visita a donde atiende Dios (1) , cruzando una avenida, un enorme cartel me hizo levantar la vista. Era un afiche de las Madres de Plaza de Mayo. Aparecían fotos de los desaparecidos, sus nombres, las fechas. Allí vi la cara que no estaba en el documento de la OEA, ni en el periódico local, ni se podía ver en el bulto.


Era un hombre en los treinta años. De pelo oscuro, ojos saltones, nariz respingada sobre una boca carnosa y pera dividida. Era un rostro del interior.
Ahora podía ponerle cara y nombre al bulto y también sabía que aquella vez, “si nos hubiéramos detenido...” hubiera sido tarde para salvarlo.


[1] Referencia a un chiste de la revista Hortensia. “Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires.”

martes, 16 de enero de 2018

EL FLACO RODRIGUEZ


En el cuarto año nocturno del Colegio Deán Funes se encontraba todo tipo de elemento. Los que por trabajar estudiaban de noche eran apenas la mayoría; muchos eran los desplazados de otras escuelas por motivos tan diversos como “contactos carnales indebidos” (ex-cadetes del Liceo Militar General Paz), “expulsión por asalto a mano armada” (uno que venía de las Escuelas Pías), “desnudarse enfrente de la profesora” (nunca pudimos averiguar de dónde venía este), “asalto en pandilla”, etc.
Finalmente estaban los que se “autoexiliaban” por creerse demasiados viejos, demasiado atletas (se dedicaban a los deportes y a la gimnasia durante el día) o simplemente creían que la iban a pasar más fácil.
En ese año turbulento de 1954, el Flaco Rodríguez ingresó al cuarto año con una ya ganada fama de cuchillero. A poco, como para ratificar su renombre, policías uniformados lo buscaron una noche acusado de haber “causado heridas cortantes en el cuerpo de su oponente”.
Lo volvimos a ver al poco tiempo; con una amplia sonrisa y un dejo de importancia tras el cual apenas si nos respondía con un sí o un no a nuestros interrogatorios.
En el curso, poco se hablaba de política. Sin embargo para entonces el enfrentamiento del gobierno con la Iglesia ya había provocado numerosas manifestaciones de radicales, conservadores e izquierdistas.
Al año siguiente, en el 55, cuando era imposible no estar comprometido, en la clase no se daban las discusiones que eran común en bares, clubes y adonde uno se acercara.
Unos pocos decían intervenir en las pitadas de las 20:35, “hora en que Evita pasó a la inmortalidad”.
Pero llegó Septiembre del 1955; el golpe seguido por el exilio de Perón.
Y regresamos a clase una semana después. Para gran sorpresa de muchos, de repente algunos hacían alarde de sus acciones como comandos civiles revolucionarios.
Hasta uno de ellos, un tal Perpetua, se declaró herido por perdigonada. Un grupo fue a visitarlo al hospital y vino con la noticia de que estaba herido en los glúteos. El disparo accidental de una escopeta sobre la cual estaba sentado.
La mayor sorpresa la causó el cambio sustancial de actitud del Flaco Rodríguez, nuestro cuchillero, ahora era un paladín del golpe; un furioso anti-peronista; contaba a todo el que quisiera escucharlo de sus aventuras en las acciones militares.
Terminado el bachillerato dejé de ver al Flaco Rodríguez.
Pasaron un par de años; estudiaba en un boulin de la Cañada y Colón. Era una facilidad que me daba mi padrino Pablo Bracamonte.
Me solía acompañar a estudiar mi amigo y compañero de ingeniería Payo Gayol. Cuando hacíamos un alto en la lectura, nos poníamos a pelotear en una pared lindera de un tercer piso. En uno de esos recreos la pelota cayó en la terraza vecina que correspondía a una casa habilitada como bar-cabaret.
Al ir a buscarla pasé por el bar en tinieblas para subir por una estrecha escalera hasta la terraza. Al regresar me encontré de frente con una sonrisa. Era del Flaco Rodríguez que me saludaba ostentosamente. Estaba acompañado de una mujer que por su vestido, pinturas y otras artes, pensé pertenecía al elenco estable del cabaret.
El Flaco me saludaba como si fuera dueño de casa; un habitué. En el corto intercambio alcanzó a decirme que en sus tiempos libres estudiaba abogacía.
Y llegó el año 1957 y los votos en blanco ganaron las elecciones; y muchos se dieron cuenta de que más allá de los camiones, había algo más que llevaba a las masas a la Plaza de Mayo, y comenzaron a buscar maneras de manejar a la “negrada”; y llegó Frondizi.
Y entonces, en 1958, lo volví a ver al Flaco. Estábamos en una manifestación convocada clandestinamente por el peronismo. La gente cubría varias cuadras de la General Paz. Fue entonces que apareció un enorme cartel.


Era el dibujo de una gigantesca pera; era decir Perón sin mencionarlo (recordemos que estaba prohibido siquiera mencionar el nombre del "tirano-sangriento" o de su "concubina la Eva”); de inmediato buscamos acercarnos a la pera. Ya cerca pudimos ver que abajo tenía un cartel que decía: “Frondizi con …”.
Era un cartel de la denominada UCRI, el partido de Frondizi, que se adhería así a la manifestación.
Mi sorpresa fue reconocer a quien transportaba la pera; el Flaco Rodríguez.
Cuando me le acerqué con una sonrisa, el ex-comando civil, ex-antiperonista furioso, se puso serio y expresó su solidaridad con el pueblo perseguido.
Poco supe del Flaco en los años siguientes. Mi alejamiento de Córdoba y mi asco por las formas de acción política de la época, no me dejaron seguir la fulgurante carrera política de quien entiendo llegó a ser un destacado dirigente y electo diputado provincial por el peronismo.
De cuchillero a comando civil antiperonista; de antiperonista a frondicista; de frondicista a diputado provincial peronista.
Una carrera que muchos activistas de izquierdista del 55 supieron pacientemente recorrer…. y si no hubiera sido por sus aliados del 55 (curas y militares) hasta hubiera sido pacífica.

martes, 7 de marzo de 2017

NICOS POULANTZAS

A Carlos, al igual que a la mayoría de los directivos y docentes de la Universidad del Salvador, los echaron y la materia quedó sin profesor. Yo, que hacía poco había recibido el diploma de Licenciado y Profesor en Ciencias Políticas fungía, junto a dos colegas también recién recibidas, como ayudante de cátedra y encargado de la lectura de textos peronistas y comentarios de las clases de Carlos.
Tal vez haya sido mi entusiasmo en las lecturas del texto de Perón sobre Conducción, o tal vez que solía hacer críticas (confieso que suaves) sobre acciones del gobierno dictatorial de turno (1972-1973), la cosa es que no me echaron; por efecto transitorio tampoco echaron a mis compañeras de cátedra (aún cuando luego juraban que habían renunciado de inmediato).
El nuevo designado profesor por la tan irregular intervención universitaria, era un Senador de clara (en ese entonces ya no era tan claro, pero estando vivo Perón, todavía podía hacerse cierta distinción) tendencia peronista que representaba a la Provincia de Santa Cruz. El mismo confesaba que era la primera vez que se dedicaba a la docencia universitaria y lo hacía sobre todo buscando transmitir su experiencia de lucha. Por ello (o por algo decidido con antelación) el interventor en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad del Salvador (un sacerdote) había designado un profesor adjunto que hasta la fecha se había desempeñado como periodista en un diario dedicado a informar sobre finanzas. Al recomenzar las clases, el Sacerdote-Interventor, a quien yo ya conocía, nos presentó al Senador-Profesor y a su adjunto, el Periodista-Profesor.
Hasta allí todo parecía propio de una irrupción de un sector del peronismo en el Gobierno sobre este centro católico de enseñanza.
Las primeras clases del Senador confirmaron lo que prometió; se trataba de historias, experiencias y consejos prácticos con un cierto ropaje teórico, todo fruto de su experiencia en la actividad política y con claro deseo de colaborar con la intervención.
La segunda sorpresa (la primera fue la intervención en sí) la tuvimos cuando el Profesor Adjunto anunció que la parte del curso que él dictaría tendría como texto un libro de Nicos Poulantzas sobre el Estado.
Dado que en los cursos tomados en la misma Universidad del Salvador no habíamos leído al autor mencionado, pero teniendo conocimiento de su clara identificación con el pensamiento marxista, de inmediato me fui a adquirir el texto de marras.
La lectura del texto me convenció que aquí había gato encerrado. No podía creer esto de que el texto de un conocido autor marxista sea el que guiara a los alumnos de una cátedra dictada por un Senador Peronista. Claro que había que averiguar ahora si el Senador-Profesor sabia de la elección de este texto. Por las dos clases que le había escuchado, era claro que leía los libros de Perón, pero poco o nada conocía los de Poulantzas.
Señalicé parte del texto y en la tercera clase en que el Senador-Profesor nos ofrecía una charla sobre su experiencia como peronista entre el 55 y el 73, le solicité reunirnos por algunos minutos después de clase. Mi idea era investigar si conocía el texto elegido por el Periodista-Profesor Adjunto y sobre el cual nosotros, sus asistentes, tendríamos que trabajar.
Apenas terminada la clase, a la cual el Periodista-Profesor Adjunto no asistió, el Senador-Profesor me pidió eligiera un lugar adónde hablar.
Fuimos a un café existente a una cuadra de la Facultad.
Allí, luego de darle a conocer mis antecedentes (que el desconocía) le presenté el libro de Poulantzas como si supiera de qué se trataba.
Abrió el libro y alcanzó a leer unas pocas líneas introductorias sobre la lucha de clases y las visiones revolucionario-teóricas de Lenin y Gramsci; su cara comenzó a ponerse lívida. Entonces ante el estupor que lo embargaba le pregunté si había sido informado del texto elegido para “complementar” sus clases sobre peronismo y política.
Mordiéndose los labios me contestó que había sido sorprendido en su buena fe.
Le ofrecí quedarse con el ejemplar del libro que había puesto en sus manos; me agradeció y aceptó la oferta sin titubear.

 
                             
Molesto, inquieto, me dijo que leería con más cuidado el contenido del texto y luego hablaría con el Sacerdote-Interventor sobre lo ocurrido.
Me volvió a agradecer el libro y la circunstancia de que me acercara a comentar el texto con él. Nos despedimos; no volvimos a vernos. Renuncié al día siguiente; luego me enteré que el Senador-Profesor lo hizo poco más tarde con un portazo en la cara del Sacerdote-Interventor... quien  luego supe se exiliaría en Perú.
En el 1976, nuevamente un golpe de estado derrocaría a un gobierno popular electo, acorralado por los factores de poder de siempre: FFAA, Iglesia, los grupos armados (ERP, Montoneros, etc.) y algunos sectores de la clase media.
Elegían el caos y la violencia de una nueva intervención militar y de la gran burguesía, antes que las urnas. Nadie parecía acordarse de que en pocos meses habría elecciones.
Como siempre, el temor a ser derrotados o quedar demostrado que eran minorías, volvía a unir al espectro ideológico de los privilegiados y sus compañeros de ruta, la izquierda pequeño burguesa.
Pero no termina aquí esta historia, que es solamente una más en el largo proceso en que la militancia de izquierda hizo maravillas disfrazando sus ideas con tal de “ganarse” los votos con que contaba el movimiento popular.
Años después (1981) trabajando en mi tesis de Maestro de Ciencias Políticas en la Universidad Nacional Autónoma de México, Atilio Borón, el director de la misma, me hizo notar de que el autor de uno de los textos que yo utilizaba estaba exiliado en México y que sería conveniente de que lo entrevistara.
Munido del teléfono del susodicho intelectual argentino, me comuniqué con él y quedamos en reunirnos en la taquería Taco-Teca.
Una noche, bastante después del atardecer, concurrí a la reunión cuyo lugar y hora había elegido mi entrevistado cuyo apellido era Carranza.
Nos saludamos y nos sentamos en una mesa arrinconada y a media luz; apenas pasado el primer minuto, noté que Carranza me miraba fijamente.
De pronto me preguntó si yo había estado alguna vez en la Universidad del Salvador; le respondí que si, a comienzos de los setenta.
"- Vos sos entonces el que me jodió!"
Me sorprendió enormemente lo dicho y la forma en que lo dijo; pero no caía en identificar a qué se refería.
Entonces agregó:
"- Vos y tus dos asistentes, la japonecita y la otra, me pudrieron la vida."
Recién entonces me di cuenta de que tenía en frente al Periodista-Profesor Adjunto del Senador-Profesor de 1973.
Nos olvidamos de su libro y de mi tesis y comenzamos a discutir civilizadamente el tema de la relación de la izquierda con el movimiento popular.
No insistió en eso de hacerse el peronista, y en eso lo vi sincero; para él era lo de menos. Tampoco creía que había engaño en lo referente a la falta de conocimiento que el Senador-Profesor tenia del texto elegido; pero insistió en lo que él consideraba “trabajo de zapa” que le habían hecho las dos compañeras de la cátedra y lo que llamaba mi traición por haber hablado con el Senador-Profesor “a sus espaldas”.
La reunión no duró mucho pero finalizó en buenos términos; nunca más me volví a cruzar con él, ni supe del destino de Carranza.

N. Poulantzas

Leopoldo Rodriguez
Febrero 2009




domingo, 17 de julio de 2016

UNA PECULIAR MANERA DE CAMINAR; VOLUMEN 2 DE LA SERIE RELATOS CASI BIOGRAFICOS

Acaba de publicarse el Volumen 2 de la Serie de Relatos Casi Biográficos, titulado:  UNA PECULIAR MANERA DE CAMINAR.
En venta en Amazon, tanto en papel como en forma e-book.
104 paginas.
ISBN-13: 978-1533391506
ISBN-10: 1533391505

Tapa.

Contratapa.

Indice.


domingo, 29 de noviembre de 2015

¿SPRECHEN SIE DEUTSCH?


Cuando uno estudia un idioma, su más ferviente deseo es poner en práctica los resultados de sus esfuerzos.
Hablar el alemán fue siempre una aspiración. Desde los primeros cursos en el Instituto Goethe en Córdoba y Buenos Aires, hasta más recientemente, un par de semestres en la Goethe de México. Apenas terminado el curso en su segundo semestre, partimos hacia Alemania.
Con gran alegría veíamos nuestros avances; leíamos carteles y menús con menor dificultad que en el pasado. Hablábamos por teléfono haciendo reservaciones o solicitando indicaciones. ¡Y hasta logramos cierto entendimiento con la dueña de una pensión!
Finalmente nos encontrábamos en la ciudad de Colonia; último día en la patria de Goethe.
Terminábamos de visitar el Rӧmisch-Germanisches Museum Kӧln; tomamos un helado en una tienda de Häagen-Dazs y caminamos hacia el Río Rhin. Desde esa orilla uno tiene una hermosa vista del puente y si se cruza el río, se ve en todo su esplendor la Catedral y la ciudad. El día se prestaba para sacar fotos. Yo practicaba el arte de múltiples tomas en el mínimo tiempo perfeccionado por los turistas japoneses. Concentrado en mi fervor de consumidor de productos Kodak, olvidé el entorno.
                               
                                 

"¿-Gute….., tank…..,tamm..dank?"
Escuché sin poder entender. Alguien en apremios me dirigía la palabra en alemán. Alcancé a bajar la cámara y rápida e instintivamente pensé en practicar mis lecciones; contesté a mi interlocutor con un claro:
"¿Sprechen Sie Deutsch?"
 La persona, un local, que me había dirigido la pregunta en alemán, quedó paralizado.
Me sorprendió la parálisis facial del pobre tipo sin comprender a qué se debía….. hasta que intervinieron otros alemanes del grupo, quienes ahora en inglés me pedían un pañuelo de papel o servilleta para su aún sorprendido amigo.
Recién entonces comprendí mi error y salí de mi propia parálisis. Ya el grupo de alemanes se alejaba a las risotadas y Mery venía en mi auxilio.


Leopoldo Rodríguez, 2001

domingo, 1 de noviembre de 2015

VIAJE EN TREN CANNES-BARCELONA 1962


En la Costa Azul, 1962.


Era el primer viaje largo en tren, sin embargo también compré boleto en tercera clase; eso significaba pasar la noche con otras cinco personas en un compartimiento con asientos de madera. Para colmo tomé un tren lechero (el más barato) que recién llegaría a Barcelona al medio día siguiente.
Pero el viaje estuvo lleno de conversaciones, cánticos y emociones; me acompañaban un hombre que pasaba los treinta años; una señorita de una edad tal vez un poco mayor y una abuela de unos sesenta años con dos nietas que apenas si pasaban los quince. El hombre y la abuela y sus nietas eran de Barcelona; la mujer era de Perpignan. Apenas arrancó el tren hubo una presentación espontánea de la abuela y las nietas contando que venían de Roma, de ver al Papa. La de Perpignan se tomaba unas vacaciones de su empleo en Cannes y el barcelonés contó que él era "asistente de torero" y venía de una feria taurina que llamó "turística" realizada en el mismo Cannes.
A poco se entabló una discusión taurina entre el asistente de torero y la abuela. Aquel comenzó a demostrar cómo debía "arreglar" al torero antes de que este entrara al ruedo y algunas técnicas de las que decía conocer de primera mano. Todo terminó en un coro en catalán que hasta la de Perpignan entonó. Yo gozaba de este ambiente popular en que me veía participando; al menos con mis festejos y carcajadas ante los dichos, aclaraciones y traducciones al castellano de lo que no entendía.
Pronto llegó la hora de descansar y allí me di cuenta de que había cambiado el orden de ocupación de los asientos; ahora el barcelonés asistente de torero estaba sentado  entre la nieta mayor y la mujer de Perpignan. Esta estaba sobre la ventana, frente a mí; la abuela, que estaba a mi lado, me había cedido la ventanilla en medio de la discusión taurina.
Se apagó la luz cuando ya estaban apagadas las voces y comenzaba el ronquido de la abuela. Habrá pasado un par de horas cuando de pronto me dieron un golpe en la pierna que me despertó.  Me costó acostumbrarme a la oscuridad del lugar; alguien había bajado ambas cortinas, la de la puerta y la de la ventanilla. Pero un murmullo y movimiento en la zona al frente de mi asiento llamó mi atención; algo estaba sucediendo allí. Noté que ya no había ronquidos y vi a la abuela con los ojos fijos tratando de averiguar lo que sucedía a pocos centímetros de donde ella estaba. Nuevos movimientos y hasta un quejido me hicieron dar cuenta de que en el rincón frente a mí estaban en pleno acto sexual. El asistente de torero había sabido torear y se encontraba en plena función con la mujer de Perpignan.
Desgraciadamente para los malabaristas que apasionadamente se contorsionaban al frente mío, la puerta se abrió repentinamente y el guarda anunció el arribo a Perpignan.  La ahora pareja se levantó silenciosamente mientras el resto se hacían los dormidos y luego de tomar sus bultos se escurrieron fuera del compartimiento.  Muy poco después, ya amaneciendo, llegamos a la frontera con España; al principio nos miramos sabiendo que éramos cómplices de algo. Apenas pasó el gendarme pidiendo la documentación, la abuela fue la primera en atacar al ¡escándalo ocurrido anoche! Que la inmoralidad ya no tenía límites; que ni siquiera los frenó la presencia de estas pobres inocentes. Las nietas intercambiaban miradas furtivas y a poco, avergonzadas de tanto parloteo de su abuela, cambiaron la conversación.  Así es como fui invitado a quedarme en una habitación arriba de la carnicería propiedad del padre de las chicas; participar de los bailes...... y conocer  Barcelona desde abajo hacia arriba.



Leopoldo Rodriguez, 2008